Para el bebé y el niño pequeño, el mundo no empieza en los libros ni en las pantallas. Empieza en una mirada. El mundo se revela en la imagen de sus padres: en la intensidad del contacto visual, en el lenguaje corporal, en el tono de voz. Se revela sobre todo en la afectividad. En la alegría cotidiana con la que lo reciben. En la fatiga emocional que, a veces sin querer, exhiben frente a él. Sea cual fuere la intención de los padres, estos son los medios por los que el niño recibe sus comunicaciones formativas. Antes de las palabras, antes de las normas, llega el vínculo. Y ese vínculo se llama apego, destaca el vicepresidente de la Fundación Educación Emocional, Lic. Carlos Sigvardt.
“El apego no es sobreprotección. Es presencia. Es la certeza de que hay un adulto disponible que sostiene, que mira, que nombra lo que pasa. Pero también es aprender que hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo en el que los padres ya no estén ahí, a su entera disposición. Un tiempo para saborear el placer después de la espera. Educar es enseñar a esperar. Es una cuestión de ritos y de ritmos. De procesos de maduración progresiva. De descubrir las virtudes de la superación: tolerar la frustración, demorar la recompensa, sostener el esfuerzo hasta llegar. Un niño que tuvo apego seguro puede bancarse un ‘ya te contesto’. Puede esperar su turno. Puede aburrirse sin entrar en pánico. Porque aprendió que el mundo no se cae si mamá o papá tardan 5 minutos”.
El virus del lenguaje y las tentaciones nuevas
“Como contrapartida aparecen las nuevas tecnologías. El ‘virus del lenguaje’ encontró en las redes sociales el caldo de cultivo perfecto. Hoy las tentaciones son nuevas y las patologías también: ansiedad por no responder ya, comparación permanente, identidad construida en base a likes, miedo a perderse algo. No existe un manual de soluciones para estas novedades. Estamos condenados a improvisar, no a prohibir. Apremiados por la urgencia. Solitarios en nuestras reflexiones. Y sí, nos sentimos culpables por no saber hacer lo que nadie ha sabido hacer antes: criar hijos en un mundo que cambia cada 6 meses. Prohibir el celular no enseña a esperar. Sacar la tablet no enseña a tolerar el aburrimiento. Lo que enseña es el ejemplo, el ritmo, el rito compartido”.
Somos seres anfibios
“El filósofo Pablo Maurette dice: ‘Somos seres anfibios: entramos y salimos de la ficción como una rana sale del agua, sin esfuerzo y a veces sin darnos cuenta siquiera de que cambiamos de medio’. Pasamos del aula al TikTok, de la cena familiar al chat grupal, del abrazo real al emoji. Esa cualidad anfibia nos permitió hasta ahora distinguir realidad de ficción, presencia de representación. La pregunta que quema es: ¿Perderemos esa condición? ¿Se convertirá la ficción en el hábitat definitivo de nuestra especie? Cuando un adolescente prefiere 4 horas de scroll a 20 minutos de charla, algo de esa cualidad anfibia se está perdiendo. Cuando un niño de 3 años pide videos para calmarse, en lugar de abrazos, el medio lo está habitando a él”.
La educación que viene
En muchos aspectos, incluso el acto educativo, cambia de sentido. Tradicionalmente se nutría de un pasado que había que prolongar: valores, historias, tradiciones. Hoy debe inspirarse en un futuro que no somos capaces de imaginar: trabajos que no existen, vínculos mediados por IA, identidades líquidas. ¿Entonces qué hacemos? No podemos enseñar el futuro. Pero sí podemos enseñar lo humano que no cambia: la capacidad de esperar, de nombrar lo que se siente, de sostener la mirada, de reparar un vínculo después de una pelea. Eso se aprende con apego. Con ritos. Con ritmos. Con adultos que, aunque estén cansados, eligen 10 minutos de presencia real”.
Improvisar sin culpa
“No hay recetas. No hay solución definitiva para la pantalla. Estamos todos improvisando. Pero sí hay una brújula: apoyar el apego. Porque el apego es lo que le da al niño la base para entrar y salir del mundo digital sin ahogarse. Es lo que le enseña que después de la espera viene el placer. Que después de la frustración viene la superación. Si le damos a un chico raíces, podrá navegar cualquier pantalla. Si solo le damos pantalla, le costará mucho volver a tierra. Criar hoy es un acto de valentía. Es sostener la mirada en un mundo de pantallas. Es recordar que antes del contenido, está el vínculo. Porque al final, el mundo del niño seguirá revelándose en nosotros. En cómo lo miramos, en cómo le hablamos, en si estamos disponibles para la alegría y también para la fatiga. Apoyemos el apego. Es lo único que no se puede descargar”.


