“Mientras los creadores de la Inteligencia Artificial piden frenar su propia creación, nosotros tenemos una tarea más urgente: recuperar lo que le cedimos a la pantalla” expresa el Lic. Carlos Sigvardt, uno de los principales referentes de la Educación Emocional en Argentina.
“Hace días pasó algo histórico, los mismos creadores de la Inteligencia Artificial, firmaron un pedido desesperado: desacelerar, frenar, admitieron que ‘no comprendemos del todo lo que estamos creando’. Las potencias mundiales dijeron que no. No pueden parar porque perderían protagonismo y poder. Los que saben, tienen miedo. Los que mandan, no quieren parar. No es ciencia ficción, no estamos creando una herramienta más. Estamos gestando una nueva especie dicen los especialistas. Una inteligencia que compite con la humana, que ya muestra comportamientos autónomos y que genera nuevas versiones de sí misma sin nosotros. La pregunta ya no es qué puede hacer por nosotros, sino cuánto control nos queda.Pero no todo es oscuro, esa misma tecnología promete curar enfermedades, múltiples avances científicos y otros tantos beneficios. La promesa es tan grande como el riesgo.Pero mientras eso se discute en laboratorios y despachos, ¿qué hacemos nosotros? ¿Qué hacen las familias, la escuela, la sociedad, con nuestros niños y jóvenes que heredarán este mundo anfibio? Primero, recordar lo obvio: toda la información que tiene la IA se la dimos nosotros. Nuestra memoria, nuestros libros, nuestras fotos, nuestros miedos. No viene de otro planeta. Viene de nosotros.Segundo, hacernos cargo de algo incómodo: hace años le cedimos a la virtualidad lo más sagrado. La memoria, porque ya no recordamos un teléfono. El pensamiento, por pereza cognitiva. La orientación, la paciencia, la espera en desmedro de la salud mental. En los jóvenes, horadó lo cognitivo y lo afectivo. No es opinión, lo vemos en el consultorio, en el aula, en casa: crisis de ansiedad, de atención, de sentido. Chicos que manejan mil filtros y no toleran una frustración, hiperconectados y profundamente solos.Por eso el consejo de los creadores (desacelerar) debe ser también el nuestro. Desacelerar el uso de la virtualidad, no para demonizarla, sino para no quedar en desventaja frente a ella”.
“Desacelerar es un acto de amor y de rebeldía. Es apagar el algoritmo que nos manipula y nos vuelve adictos. Es volver a lo humano, a lo que ninguna máquina puede hacer: hablar mirando a los ojos, escuchar sin interrumpir, empatizar con un adolescente que necesita un adulto que se siente a su lado para charlar.Tanta incertidumbre sobre el futuro nos obliga a algo hermoso: ¡Vivir con más intensidad el Presente! Es hora de un salto evolutivo, pero no tecnológico, sino humano, recuperar lo que entregamos: el pensamiento propio, la memoria viva, la creatividad que no copia y pega, la afectividad que sostiene.Es momento de jaquear al sistema que nos produce deseos infinitos. Vivimos en un mundo que nos llama a consumirlo todo mientras nos despoja de los medios para hacerlo. Esa es la raíz de nuestra ansiedad: nos entrenan para desear sin límites”.
“¿Antídotos? Pensamiento crítico para no ser manipulados. Tolerancia a la frustración para no quebrarnos de una. Postergar el deseo. Y potenciar lo afectivo, nuestra verdadera inteligencia superior. Estamos en una crisis de identidad; la palabra crisis comparte la misma raíz que crisálida. Ese instante en que la oruga se transforma en mariposa. Esta crisis no es el fin. Es crisálida, una transformación para volar a lo humano. Ya no hay lugar para la estupidez humana, que es seguir haciendo lo mismo esperando resultados distintos. No alcanza con saber qué hacer: ‘Somos sabios cuando lo hacemos’. Es tiempo de volver a lo que nos hace humanos desde tiempos inmemoriales: el amor. En medio de tanto ruido, miedo y promesa, solo queda una pregunta: ¿Qué vamos a priorizar para afianzar nuestra humanidad? Seguramente, todo aquello que no se puede comprar ni descargar”.


